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Pedro Galilea, director de la Fundación CIEC: «Aquí hay personas, no hay máquinas»

Pedro Galilea dirige la Fundación CIEC, el centro de grabado que su tío, Jesús Núñez, levantó en la Casa Núñez de la Rúa do Castro. En esta entrevista para BetanzosHoxe habla del origen del centro, de la colección con Picasso, Miró y Dalí, de los alumnos que se quedan a vivir en Betanzos, del dinero y de la falta de alojamiento.

· · 12 min

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Pedro Galilea, director de la Fundación CIEC, con la barbilla apoyada en la mano y una bufanda verde, en la barandilla del piso de arriba de la Casa Núñez. Debajo, el taller con alumnos trabajando entre columnas de hierro.
Foto: Álvaro García Torres

Entro tímido en un gran edificio de porte histórico, la Casa Núñez de la Rúa do Castro. Dentro, varias personas andan afanadas en lo suyo y, casi sin levantar la vista, me responden cuando pregunto por Pedro, el director del CIEC: «Arriba, a la derecha». Subo. Allí está Pedro Galilea, que me mira curioso, con una sonrisa, y pregunta: «¿Cómo puedo ayudarte?». Así empezó una conversación cálida y cercana en una casa donde, como dirá él más adelante, hay personas y no máquinas.

Pedro Galilea es el director de la Fundación CIEC (Centro Internacional de la Estampa Contemporánea), en la Rúa do Castro. Es de Salamanca, donde estudió Historia del Arte, y pasó por Francia y por Madrid antes de llegar a Betanzos. Llegó, cuenta, «un poco también por cosas familiares»: el creador de la fundación, el artista Jesús Núñez, fallecido hace dos años, era su tío. «Siempre me estaba diciendo: tienes que venir, tienes que venir».

Antes hizo un máster en Madrid y trabajó en la galería Brita Prinz, especializada en obra gráfica. Allí entró en contacto con el grabado y sus técnicas: «Se desarrolló, por así decirlo, mi pasión por el papel y la obra gráfica para ya poder venir aquí a trabajar».

De unos cursos de verano a un máster

El CIEC nace de unos cursos de verano de 1985, y Galilea lo explica por la figura de Jesús Núñez. Nacido en Betanzos en 1927, en esta misma casa, fue un artista multidisciplinar (pintura, escultura, diseño de joyas, diseño de interiores), pero la gráfica fue su gran pasión. Fue a Salamanca a estudiar Derecho porque sus padres no le dejaban estudiar arte. Allí un profesor le habló de una escuela de dibujo y vio que aquello era lo suyo. Al morir su padre se fue a Madrid y de allí, con una beca, a Berlín, donde conoció la obra gráfica. A la vuelta tuvo muchos problemas para seguir estudiándola. «Yo creo que eso le queda ahí», dice su sobrino, y por eso quiso siempre ser también docente, «transmitir conocimientos».

En 1985, junto con el Concello, nacieron unos cursos de verano especializados en gráfica que, según Galilea, son los más antiguos de los que se siguen realizando hoy. Todavía no había fundación, y el Concello les dejaba el polideportivo o el conservatorio.

En 1997 el resto de los hermanos tenía una oferta de venta del edificio, la casa de 1923 del arquitecto Rafael González Villar, que entonces solo tenía protegida la fachada. Jesús Núñez decidió que había que salvarlo. Con su vecino en Madrid, el alemán Hermann Prinz, los dos matrimonios (Lola y Jesús, Hermann y Brita) juntaron el dinero y lo compraron para librarlo, dice Galilea, «no voy a decir de la destrucción, pero sí de una alteración importante». Con el edificio y la fundación ya creada, se instaló allí la maquinaria y desde 1997 los cursos de julio y agosto se hacen en la Rúa do Castro.

El siguiente paso llegó en 2003, cuando la formación se extendió a todo el año: un máster que empieza en octubre y acaba en junio, con gente de todo el mundo. Ahora hay artistas taiwaneses y albaneses, y el resto son de España.

Un edificio que es un taller

Para Galilea, trabajar en un edificio modernista catalogado tiene «casi todo ventajas». La primera, el sitio: «Eso también lo decía Jesús, que la cultura tiene que estar a pie de calle». «Es casi imposible no ver la fundación si visitas Betanzos». Además, el edificio inspira a los artistas y parece pensado para un taller: «Si hubiéramos diseñado nosotros un taller, no lo hubiéramos hecho mejor». Tiene mucha luz natural, un lucernario y una estructura de columnas de hierro sin paredes, un espacio muy diáfano en el que treinta artistas trabajan sin sentirse amontonados y en el que no se condensan los vapores del ácido. Los dos pisos separan la formación de la exposición.

La desventaja es el mantenimiento: «Cuando no es una gotera, es un algo». Y por ser un edificio protegido, para cualquier arreglo hay que pedir permiso.

Obra original seriada, «nunca copias»

¿Qué es una estampa? La diferencia, explica, es que el artista no trabaja directamente sobre el papel o el lienzo, sino sobre una matriz que le permite realizar varios ejemplares. «Es como si yo tengo mi mano, la doy de tinta y la apoyo, la vuelvo a dar de tinta y la apoyo». Por eso hablan de «obra original seriada, nunca de copias». Es un trabajo muy manual que obliga a pararse: «En este tiempo que va todo tan deprisa, en la obra gráfica te tienes que pausar, tiene una serie de tiempos, tiene una serie de técnicas, que es realmente lo que enseña la fundación». No enseñan a ser artista (la gente llega después de Bellas Artes o de una formación en ilustración), sino la técnica.

Una lámina impresa cualquiera, en cambio, es un diseño que se imprime en una imprenta, «y cada vez menos lo hace alguien», apunta, por la inteligencia artificial. «Aquí somos todo lo contrario: es una persona quien hace una creación y esa misma persona la realiza».

No tiene una técnica favorita: «Depende del artista, porque no todo se puede hacer en todas las técnicas». La que más gente atrae en los cursos es la serigrafía, «porque es fácil, es rápida y tiene mucha variante»: con ella se hace todo lo textil. Quien dibuja muy bien irá a la litografía, el grabado calcográfico da matices que no se consiguen con otras técnicas y la xilografía tiene «la inmediatez y toda la antigüedad, toda la historia».

Lo digital tampoco es un enemigo. El premio internacional de grabado que la fundación creó con la Diputación en 2006 admite todas las técnicas gráficas salvo la estampa digital sola: puede usarse, pero con otra técnica encima, porque para ellos es importante que la obra pase por un tórculo o por una prensa. «Sin menospreciarla, es otra cosa, como puede ser la fotografía. Yo creo que es complementaria». Los artistas contemporáneos usan el ordenador y los programas, «pero al final tiene que haber algo muy personal del artista», en contacto con la tinta y con el papel, «que no sea solo dar un botón».

Picasso, Miró, Dalí y Clavé

La fundación guarda una colección amplia de obra gráfica del siglo XX en adelante. Buena parte llegó gracias a los contactos de Jesús Núñez, «una figura muy notable dentro de la gráfica»: los artistas vivos venían a la fundación o exponían allí y generalmente donaban obra. La viuda de Luis Seoane, Maruja, donó 60 obras, Amadeo Gabino otras 60, y también donaron Feito o Caruncho. Lo de los artistas ya fallecidos lo compra la fundación, como los Picasso, Miró y Dalí que se exhiben de manera permanente, «no tanto por la figura», sino para que se vea que casi todos los grandes artistas de los siglos XX y XXI usaron la obra gráfica como un elemento más de su lenguaje.

Hay salas dedicadas a Jesús Núñez, que donó toda su obra gráfica, desde los años cuarenta en Berlín hasta el final, a Luis Seoane y a Amadeo Gabino, «los tres pilares» de la colección. Hay obra de otros, como José Luis Galicia, François Maréchal o Josep Guinovart, «pero no tenemos espacio físico para exponer a todos».

¿Una pieza que no hay que perderse? Le cuesta elegir, porque el lenguaje gráfico «es tan variado como artistas lo hagan». Ahora mismo, en el taller de abajo, once artistas estudian litografía con su profesora, Elena, y «aunque es lo mismo, cada uno hará cosas totalmente diferentes». Pero tiene un favorito: Antoni Clavé. «Si tienes un poco de dinero ahorrado y quieres invertir, yo diría que comprar una obra de Clavé». No ha encontrado de él «ni una sola obra que me haya decepcionado». Cree que es menos conocido en España porque se exilió en Francia durante el franquismo y decidió quedarse allí.

Alumnos que se quedan en Betanzos

Por el CIEC han pasado muchísimos artistas. Su Premio Internacional de Arte Gráfico Jesús Núñez recibe cada año entre 150 y 200 obras de unos 30 países, y antiguos alumnos como Sonia Higuera y David Calle Cañadell lo han ganado. Otros han ganado otros premios, siguen viviendo del arte, «que eso ya es un logro», o han montado sus propios talleres, como Alberto Marci en Italia. Varios siguen estando ahí, como Héctor Francesch en A Coruña. Y como la formación es muy técnica, algunos que no despuntan como artistas son hoy técnicos muy reconocidos que trabajan para otros artistas.

Los cursos son intensivos (seis horas diarias, cinco días a la semana) y duran dos, cuatro, seis u ocho meses. «Una vez que vienes aquí, es familia». Ese ambiente teje redes: permite ir a visitar a otros compañeros o «enterarte de que hay un encuentro en Alfara, en Salamanca o en Cuenca». También con los centros de producción y con las universidades, que, lamenta, cada vez destinan menos tiempo a la obra gráfica, y por eso mucha gente acaba en la fundación.

Algunos se quedan a vivir. Es el caso de Pablo Naire, que pasó por el CIEC y hoy comparte con Andrea Aguafría y Miguel el estudio Río Río, o el de Isa Durá. «Generalmente decimos que se queda uno por cada promoción», calcula. Para Galilea, además de dinamizar la cultura, la fundación consigue algo que le parece importante: que gente joven se quede en Betanzos. Destaca también la vida cultural de la ciudad para su tamaño, con la librería Biblos, el trabajo de Ángel Arcay en la biblioteca e incluso Lanzós, «que tiene muchísimos conciertos». La intención, dice, es que la fundación «no sea un reducto exclusivo y cerrado para artistas que vienen y se van»: que conozcan el Pasatempo, que compren, «que vivan Betanzos».

Más conocida fuera que en casa

Reconoce que la fundación «es más conocida fuera que en casa». En el mundo de la gráfica, «un mundo bastante pequeño», el CIEC es conocido por su trayectoria. La presentación más reciente fue en Cuenca, los invitan a la feria Alma Gráfica de Oviedo y a finales de noviembre irán al FIG Bilbao, la cita más importante de la gráfica en España. Allí, junto con el festival y con el profesor de Bellas Artes David Artegoitia, impulsan Open Portfolio, un foro paralelo para artistas emergentes, «no voy a decir joven, porque puedes tener ya una cierta edad y seguir formándote». En esas ferias dan becas para venir a Betanzos y captan profesores.

En casa, dice, la gente sabe que existen, «y eso lo vemos porque generalmente cuando les vienen invitados los traen aquí y enseñan esto con orgullo», pero falta que los vecinos vuelvan. Cada dos meses cambian las exposiciones, la colección también rota, y organizan charlas, presentaciones de libros y conciertos, siempre gratuitos y abiertos a todo el mundo.

Dinero y alojamiento

La fundación se sostiene con un convenio con la Diputación, otro con el Concello y lo que pagan las matrículas, «pero nunca es suficiente». «Vivimos un poco al límite siempre». Le gustaría que se implicase también la Xunta, para tener «las tres patas», y espera que el Concello acepte la donación que Jesús Núñez le hizo de su parte del edificio, porque «es un edificio que nosotros no podemos mantener solos». Lola, explica, donó su mitad a la fundación y Jesús, al fallecer, dejó la otra al Concello, que está ahora tramitando la aceptación, con la idea de reunir en su casa, «que es espectacular», la parte de pintura y la de escultura que le dejó.

Cree que el CIEC aporta a la economía local, y así se lo dice a la alcaldesa, María Barral: «Lo que usted me da, yo lo multiplico». Con once artistas por módulo y cuatro módulos, son 44 personas que a lo largo del año viven en Betanzos, pagan un alquiler, van al supermercado, al restaurante y a las tiendas. A eso se suman las subvenciones, que gastan sobre todo en el comercio local, y los cursos de verano, con unas 60 personas en dos meses.

Pero hay un problema: este año y el anterior tuvieron que devolver matrículas porque los alumnos no encontraban alojamiento. «No es lo mismo un alumno que se va a quedar dos, cuatro, seis u ocho meses que una persona que viene dos días. No podemos competir con este tipo de alojamiento». Es, dice, un mal de toda España que en Betanzos también se nota, y que está limitando que venga más gente.

Si el dinero no fuese un problema

El gran reto es una financiación estable y continua, con Concello, Diputación y Xunta implicados, porque «es como una bola que se retroalimenta»: más dinero, más gente, más actividades. Con un presupuesto ilimitado, lo primero sería arreglar a fondo el edificio, que acaba de cumplir cien años, «para que siga otros cien años más». Después, cumplir lo que Jesús Núñez siempre mantuvo, que venga a la fundación «todo aquel que lo desee y lo merezca», con muchas más becas. Ahora se dan por currículum y por dossier, «y daría tres y solo puedo dar una. Eso a mí me duele». En el FIG Bilbao, por ejemplo, dan una beca a artistas del país invitado, y de Taiwán han venido dos. Buscan acuerdos para que vengan de forma recurrente, y pasa lo mismo con Sudamérica: «Teníamos muchísimos artistas argentinos», pero hoy no pueden pagarse el billete ni vivir aquí. Y también salir más a exponer, por España y al extranjero.

Una invitación

¿Por qué debería venir un vecino que nunca ha cruzado la puerta? «Es como un poco entrar en otro mundo. Aquí el mundo va mucho más despacio. Aquí hay personas, no hay máquinas». En un museo o en una galería, explica, se ve la obra hacia uno mismo, «y sin embargo, cuando entras a la fundación, vas a ver de la obra para atrás»: cómo se gesta, cómo nace. «Lo vas a oler, porque huele a taller. Nosotros no sabemos si somos una colección con taller o un taller con colección». Verá artistas muy jóvenes «con esa ilusión y esa energía que se contagia».

Y un edificio que, según Galilea, es el único de Betanzos que conserva el interior y el exterior de 1923: «Es una joya del art déco». En otros, cuando todavía no había leyes de protección, se dejaba la fachada y se tiraba el interior. La Casa Pita tenía un patio hispano neomudéjar «espectacular» que se perdió, «y eso no ha sido en el siglo XIX, eso ha sido a finales del siglo XX». Del mismo arquitecto son La Terraza de Sada y el Kiosco Alfonso de A Coruña, este con el interior reformado en los años ochenta. «Que se pueda respirar la atmósfera de 1923, hay muy pocos».

Entrevista a Pedro Galilea, director de la Fundación CIEC, para BetanzosHoxe.

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