El alma de Elena, la leyenda de Betanzos que escribió Manuel J. Lema
Una muchacha muerta de amor, un marqués que vuelve de la guerra demasiado tarde y un lamento en el atrio de una iglesia «cerca de Betanzos». Manuel J. Lema la llevó al papel en 1887, pero él mismo dejó escrito que no la había inventado: la contaban los hombres más viejos del lugar, «de boca en boca», desde hacía siglos.
En la Real Academia Galega se conservan once páginas impresas en diciembre de 1888 que llevan por título «A Y-ALMA D'ELENA. LÉNDA» y que terminan con una firma: «De D. Manuel J. Lema». Es la versión escrita más antigua que se conoce de una leyenda de Betanzos que hoy casi nadie recuerda. Y lo más interesante no es lo que cuenta, sino lo que el propio autor dice de ella: que no era suya. Que la historia ya existía antes, y que no estaba en ningún papel, sino en la boca de la gente.
Un poema para un certamen de 1887
La composición nació para el Certame Literario de Betanzos de 1887, que promovió Las Mariñas, el periódico de la ciudad. Se presentó al tema de las leyendas gallegas escritas en gallego —el premio se llamaba «Clavel de plata»— y llevó el segundo accésit. El premio fue para Eladio Rodríguez González, con «O puzo do Barco», y el primer accésit para Manuel Amor Meilán, con «O alalaa». Así lo recoge Concepción Delgado Corral en el número 362 del Boletín da Real Academia Galega, donde nombra al ganador del segundo como «o poeta de Betanzos Manuel J. Lema». Según ese mismo estudio, la entrega de premios estaba anunciada para el 17 de agosto, para sumarla a las fiestas patronales, y acabó celebrándose el 25 de septiembre.
El texto se imprimió al año siguiente. La revista coruñesa Galicia: revista regional, que editaba Andrés Martínez Salazar, incluyó en sus entregas de diciembre de 1888 los trabajos del certamen betanceiro, como indica la ficha de la revista en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. La leyenda de Lema ocupa las páginas 45 a 55 de ese suplemento. Por eso unas veces aparece datada en 1887 y otras en 1888: el primero es el año del concurso; el segundo, el de la imprenta.
Lema era por entonces un joven de Betanzos de poco más de veinte años —había nacido en 1866, según los datos que recogió Xesús Torres Regueiro en el Anuario Brigantino—. En 1889 dirigió el semanario local ¡Ya Somos Tres!, que conserva la Hemeroteca Virtual de Betanzos. Después fue telegrafista, y murió en Santiago en 1928.
«De boca en boca correron»
El poema empieza con un camino. Al salir de la villa, torciendo a la derecha, hay un sendero «estreitiño, moy estreito», cubierto de hierbas olorosas, moreras y laureles, que va a morir cerca de un río. Y no lejos de allí, un castillo en ruinas cubierto de hiedras. Es en este punto donde Lema explica de dónde le viene la historia:
Porqu'os homes mais antigos
Que viven n'este rueiro
Contan d'él certas historias
D'aló de moy vellos tempos,
As que n'un sigro é outro sigro
De boca en boca correron
E chegaron hastr'agora
Ceibadas n'os catro ventos.
Unos versos más adelante dice que sobre aquella fortaleza «cravou á musa d'o pobo \/ unha moy lixeira lênda», y termina la presentación con una frase que define su papel: es la leyenda «de qu'eu oxe son simpre narrador». No se presenta como inventor, sino como alguien que cuenta lo que le contaron.
Y en el último apartado da un paso más y habla en primera persona: dice que él mismo había estado poco antes en el lugar de los hechos.
Preto de Betanzos
Baixand'unha vreda
Eu vin non hay moito
No adro d'a igrexa
O sitio en que tuvo
Lugar esta lênda.
Es decir: en 1887 un escritor betanceiro publica la historia como leyenda local, vinculada a un sitio que dice haber visitado y a unos relatos que atribuye a los viejos del lugar. Lo que no hace es decir quién se los contó, ni cuándo, ni en qué parroquia, ni copiar una versión oral tal y como la oyó. Esa tradición anterior es real según el testimonio de Lema, que es el más antiguo que hay; pero hasta hoy no ha aparecido ninguna otra fuente, independiente de él, que la recoja.
La historia de Elena y Don Xan
En el piso alto del castillo vive Elena, la «roxiña Elena». A su lado está Don Xan de Luna, «Marqués de Val de Terrado», hombre rico y de tanta sona que «dend'Obispo hastr'o cura \/ nada fan sin seu consello». Don Xan le anuncia que marcha a la guerra. Ella llora e intenta retenerlo; él le responde que, si no fuese, lo tendrían por cobarde y por «mal fillo d'esta terra». Promete volver «cando trunf'o noso Rey», se despiden y ella lo sigue con la vista desde la ventana hasta perderlo.
Pasan un mes, y otro, y otro: «mais de nove meses \/ sin saber dond'está». Elena pregunta a cuantos viajeros pasan, reza a la Virgen del Carmen y no recibe una carta. El pazo se cierra, y al poco se sabe que la muchacha está en la cama, consumiéndose de pena. Muere «un día d'inverno, de brétema e vento», llamándolo, y la campana de la iglesia toca a difunto.
Desde el mismo día del entierro se oyen quejas en el atrio. La gente del lugar no se pone de acuerdo: unos dicen que es un trasgo envuelto en una gran manteleta blanca que lanza maldiciones contra el maíz y las patatas; otros —y el narrador dice que son los más creídos— que es el alma de Doña Elena, que sale de noche llamando a Don Xan para que venga a cumplir la palabra que le dio.
Don Xan vuelve victorioso, y el lugar lo recibe con arcos, flores, banderas, música y gaitas. Solo entonces sabe lo que pasó. Una tarde sale solo del pazo hacia el cementerio, y a la mañana siguiente lo encuentran muerto sobre la tumba de Elena, boca abajo en el suelo. Desde entonces, los lamentos no se vuelven a oír: Don Xan habría cumplido en el otro mundo «a nobre pormesa».
Lo que puso Lema, y lo que tomó de Bécquer
El poema no es una transcripción de lo que se contaba. Es una obra literaria del Rexurdimento, y el autor tampoco lo esconde. Dentro del relato, Lema dice que por Betanzos andan unos cantares tristes sobre la historia, «qu'oxe cantando van \/ os cegos y os romeiros po-los pobos», y copia tres. Pero al pie de la primera pone una nota: «Estas cántegas son no fondo é forma imitación d'as de Becquer n'a sua lenda "A promesa", pro arregradas á presente».
La comparación le da la razón. En «La promesa», que Gustavo Adolfo Bécquer publicó en 1863, un juglar canta la historia de una moza a la que su enamorado prometió volver de la guerra, y el estribillo es «¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!». El de Lema es «¡Probe de quen en pormesas \/ d'home fía!». En Bécquer, además, la muerta no descansa hasta que se cumple la promesa, y su tumba se cubre de flores cada primavera, igual que el atrio del epílogo betanceiro, que «cando \/ chega a primaveira \/ cóbrese de froles \/ roxas e marelas».
Por eso las cántigas no pueden citarse como prueba de que en Betanzos se cantasen esos versos: tal y como están impresas, son de Lema. La explicación que mejor encaja con lo que dice el texto es otra: un recuerdo local —un castillo, una iglesia, un alma que se aparecía— que Lema conocía, convertido en un poema romántico y enriquecido con nombres nobles, diálogos de amor y cantares a la manera de Bécquer. No se puede descartar que la historia que corría fuese mucho más pequeña, algo como «en este atrio se aparecía el alma de una muchacha que esperaba a su novio», y que el resto lo pusiese él.
¿Existieron Elena y Don Xan?
No hay nada que lo indique. Elena no tiene apellido, ni padres, ni ningún dato que permita buscarla en un libro parroquial. El título de Don Xan parece más concreto, pero no se conoce ningún marquesado «de Val de Terrado», y tampoco consta ningún Xan de Luna que encaje. Lema no dice qué guerra era, ni contra quién, ni qué rey reinaba: no hay moros, ni franceses, ni carlistas. Y, aunque Betanzos es tierra de los Andrade, el poema no los nombra ni una vez. Mientras no aparezca un documento que diga lo contrario, son personajes literarios en un pasado señorial hecho a propósito sin fecha.
¿Dónde estaba el atrio?
Es la pregunta que sigue abierta, y la que más le puede interesar a quien vive aquí. El texto da pistas: salir de la villa, un sendero estrecho que llega cerca de un río, una vereda que baja, peñascos y monte, un castillo viejo cerca, una iglesia parroquial con espadaña —la que «toca n'a parróquea dend'á longa espadana»— y un atrio donde se enterraba. Eso encaja mal con las iglesias del casco histórico, como San Francisco, Santa María do Azougue, Santiago o Santo Domingo.
El informe de investigación en que se basa esta pieza propone como candidato más fuerte Santa María de Pontellas y el entorno del Pazo de Illobre. La ficha patrimonial del Concello describe la iglesia como románica del siglo XIII, de una sola nave y con una «sencilla espadaña»; y el pazo como una residencia de origen medieval que nació de la Torre de Illobre, ya existente en el siglo XV, y que fue reedificada a comienzos del XX, cuando se le levantaron las dos torres almenadas que se ven hoy. Con las coordenadas que da Turismo de Galicia para cada uno, iglesia y pazo están a menos de un kilómetro en línea recta. La torre que pudo conocer Lema en 1887 era, por tanto, anterior a esa reforma.
Pero es una hipótesis, no una identificación. Ningún documento dice que ese sea el atrio de Elena, y ninguno dice que la Torre de Illobre estuviese en ruinas en 1887, que es como la describe el poema. Hay incluso una pequeña discrepancia en los catálogos: el Concello sitúa el pazo en el lugar da Angustia, parroquia de Pontellas, y Turismo de Galicia en As Angustias, parroquia de San Pedro das Viñas. Para cerrar la cuestión harían falta planos de caminos de finales del XIX, la documentación de las obras de Illobre o los libros de la parroquia de Pontellas. Parroquias rurales como Tiobre, Requián o Bravío también tienen iglesias antiguas con espadaña, pero en ellas no se localizó ninguna fortaleza próxima.
Una leyenda que sobrevivió en el papel
Desde 1888, la historia de Elena ha llegado hasta hoy como texto: en los catálogos de la Academia, en el Tesouro Informatizado da Lingua Galega de la Universidad de Santiago, que recoge sus versos, y en las notas sobre aquel certamen. No se conoce ninguna recogida oral posterior, ni del siglo XX ni de este, hecha a una vecina o a un vecino que la contase por su cuenta. Si la tradición que Lema decía haber escuchado siguió viva en alguna casa del entorno, nadie la apuntó.
Por eso esta pieza termina con una pregunta a quien lee BetanzosHoxe. Si en su familia se contaba la historia de un alma que se aparecía en un atrio de los alrededores, de una muchacha que esperaba a un mozo que había marchado a la guerra o de un castillo viejo al que le ponían leyenda, escríbanos desde la página de contacto. Sería el segundo testimonio que esta leyenda lleva esperando desde 1887.
Elaborado a partir del texto original de Manuel J. Lema, «A Y-alma d'Elena. Lénda», en Certamen literario de Betanzos promovido por Las Mariñas (Galicia: revista regional, A Coruña, Andrés Martínez, editor, 1888, pp. 45-55), digitalizado por el archivo de la Real Academia Galega; de la ficha de la revista en la Hemeroteca Digital de la BNE; del Tesouro Informatizado da Lingua Galega (ILG-USC); del Boletín da Real Academia Galega n.º 362; de la Hemeroteca Virtual de Betanzos; de las fichas patrimoniales del Concello de Betanzos y de Turismo de Galicia; y de «La promesa», de Gustavo Adolfo Bécquer. Los versos se citan con la grafía del impreso de 1888.

Fuente: Real Academia Galega · Galicia: revista regional (1888)
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